Montmartre, el barrio bohemio de París

Cuando hablamos de París, en el imaginario colectivo suena el amor, el arte, la moda, la baguette… Sin embargo, caminar por sus callecitas te transporta a un lugar distinto, te lleva a otros aires. No se, muchos dicen que es la Buenos Aires europea, pero a mi no me pareció en absoluto. Es cierto que tal vez los edificios la asemejan, pero… París es París. Me cuesta describir lo que me generó, porque es simplemente maravillosa. ¿Viste cuando te gusta un perfume pero no sabes exactamente a que huele? Bueno, algo así. No se como definir París, pero me atrae.

Y claro ¿Cómo no me va a atraer? Es una ciudad bellísima y grande ¡Muy grande! Así que los recorridos y los días que estuvimos en ella no fueron suficientes. El barrio donde nos alojamos me pareció fantástico (ya hablaré de ello en otro relato), pero hubo uno que me voló los pajaritos.

Una de las mañanas en la ciudad de las luces, salimos a caminar. El recorrido se hizo largo, pero no nos dimos cuenta… cuando quise prestar atención a lo que estaba mirando (porque hasta ese entonces venía embobada) estábamos llegando al Jardín de Tullerias, después de haber ido todo el camino bordeando el Río Sena, con previo paso por la Catedral de Notre Dame y habiendo pasado por el Museo del Louvre.

¡Jardín de Tullerías, parada técnica antes de la gran recorrida!

Después de esa larga caminata, decidimos buscar un lugar para comer, pero sinceramente… Queríamos seguir explorando, así que eso hicimos. Subimos por la Avenue de l’Opéra y nos dejamos perder por esas fabulosas calles (no miento si digo que ante cada palabra que escribo, me sale un suspiro), pasando por la imponente Ópera Garnier y la increíble e imposible Galeria Lafayette. Continuamos por la Rue de la Chausée d’ Antin y a las pocas calles nos topamos con la “Square d’Estienne d’Orves”, como la plaza estaba en el medio de dos avenidas y no teníamos en claro para donde ir, hicimos algo así como “Ta Te Ti” y tomamos camino por la Rue Blanche. En ese barrio empecé a sentir un aire que me gustaba más que el resto de París. Después de unos 15 minutos, nos topamos con el Boulevard de Clichy y ahí, a nuestra izquierda, estaba el cabaret parisino más famoso de la historia “Moulin Rouge”. Momento de observar, sacar fotos, ver el movimiento de gente (que a pesar del frío era mucho), aprovechar para descansar un poquito y después, continuar.

¡Moulin Rouge!

Ahora sí, empezamos a sentir la subida de la colina ¡Estábamos en Montmartre! Seguimos caminando por la Rue Lepic y sentí que estaba entre dos amores: el maravilloso barrio y la calle que te transporta automáticamente a la película “Amelie”. A pocos metros de iniciar nuestro camino nos encontramos con el Cafe des 2 moulins” y subiendo 300 metros más, ya en la Rue Tholozé (que es prácticamente la continuación de la anterior) estaba el cinema “Studio 28”, dos sitios destacados por la película. A lo alto, siguiendo en esa misma dirección, vimos “Le Moulin de la Galette”, un molino de viento ubicado en el corazón del barrio, con una vieja historia.

Calle Rue Tholozé y “Le Moulin de la Galette” al final.

Sin embargo, nuestra parada no era ahí, queríamos ir hasta el final, así que en la siguiente esquina doblamos a la izquierda y seguimos por la Rue Norvins, una calle adoquinada que nos trasladó a los años 20′, parecía un pasaje, poco transitada y tranquila. Siguiendo en esa dirección, pasamos por el PasseMuraille, la estatua emplazada en la pared de la Plaza Marcel Aymé y, unos metros más adelante, estaba todo lo que respecta a galerías de arte, cafés, restaurantes y arte callejero. El ambiente gusta, todo llama la atención, todo invita a seguir.

Según nuestra visión, ya estábamos a la altura máxima, así que al final de la calle nos topamos con un paredón: el Museo de Montmartre. En ese mismo lugar, doblamos hacia la derecha, caminamos mitad de calle por la Rue du Mont Cenis – ahí vas a encontrar una vista espectacular de la ciudad – pero lo importante está por la Rue Azais, ahí no solo logramos la altura máxima de la colina (130 mts), si no que nos encontramos con la imponente Basílica del Sacré – Coeur (en otro post hablaremos de esta belleza), el monumento mas alto de París junto a la Torre Eiffel.

Basílica del Sacre Coeur, en el barrio de Montmartre.

Haber llegado hasta ahí fue increíble, mas aún porque lo encontramos sin haberlo planeado. Eso es lo maravilloso de viajar: perderte en la ciudad, sentirte parte, jugar a ser de ahí. Salimos una mañana a caminar y nos perdimos, nos perdimos tanto que llegamos a Montmartre. Nos seguimos perdiendo y llegamos a Sacre Coeur.

El encanto fue maravilloso. Después de un largo tiempo en la Square Louis Michel (la plaza que está debajo de la Basílica), decidimos retornar.

Vista desde la Square Louis Michel hacia abajo.

En los viajes no nos corre la hora, pero sí el tiempo. Eran las 19:00 hs y nosotros queríamos seguir por otro recorrido, así que volvimos hasta Moulin Rouge y tomamos el subte… ¡Las piernas no daban más!

Esta fue nuestra travesía de un día por el barrio más bohemio de París: Montmartre. El que me enamoró, por el que suspiro cada vez que lo recuerdo. Precioso, lleno de encanto, lleno de vida.

Hoy hago el recorrido por mi mente y no puedo creer lo que caminamos ese día, lo que vimos, lo que VIVIMOS.

Viajar es vivir, y es lo que intentamos hacer: VIVIR.

Un poquito de historia:

Montmartre fue una población independiente hasta 1860, hasta que se convirtió en un distrito de París (el XVIII). En el siglo XIX, el barrio tuvo muy mala fama por los cabarets y burdeles que se abrieron en los alrededores. Sin embargo, en el siglo XX y a pesar de esto, Montmartre fué uno de los corazones artísticos de París: en ella vivieron Picasso, Toulouse-Lautrec, Monet, Van Gogh, Dalí, Modigliani, Renoir y Degas, entre otros, que se sintieron atraídos por el ambiente moderno y convirtieron el barrio en lo que podemos disfrutar hoy.

OJO!

Montmartre es precioso, pero tiene sus cosas: está lleno de senegaleses tratando de hacerte el “cuento del tío”, simplemente seguí tu camino. Te ofrecen pulseras, te dicen que se te cayó un anillo, que te regalan un campera y varias más de ese estilo. No son agresivos para nada, simplemente tratan de hacer su “trabajo” a su manera. Con un “NO” firme acompañado por tu mejor cara de enojo, todo se soluciona.

El barrio no es peligroso en absoluto, pero encargate siempre de prestarle atención a tus pertenencias. No estés “papando moscas”, como quien dice.

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4 thoughts on “Montmartre, el barrio bohemio de París

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